Post destacado
El Petiso Orejudo era judío… y sus víctimas también
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
por Lector de Miles Mathis
Sólo mi opinión, basada en búsquedas que cualquiera puede hacer en Internet pero que casi nadie hace.
En el año 1900, la prensa reconoció haber fingido la ejecución del infanticida Cayetano Domingo Grossi para publicar su historia en la revista Caras y Caretas. Dado que esta revista también fue una de las principales impulsoras del famoso asesino serial Cayetano Santos Godino, alias El Petiso Orejudo, ¿por qué no pensar que esa historia también pudo haber sido un puesta en escena? Veamos.
Estos son los primeros cuatro niños que sobrevivieron a los ataques de Godino (Miguel de Paoli, Ana Neri, Severino González Caló y Julio Botte, heridos entre 1904 y 1908 cuando tenían un año y medio de edad). Mira el fondo de las fotografías. ¿Ves algo raro ahí? ¿Por qué todos posan de frente, bajo la misma luz y con un halo blanco al lado de sus cabezas, muy similar al que se ve detrás del atacante? Se nota que para entonces las víctimas habían crecido más, así que alguien tuvo que haberlas reunido en una misma sesión de fotos varios años después de los hechos, probablemente en el mismo lugar en que estaba detenido Godino.
La escritora María Moreno aclara que las imágenes fueron tomadas por la Policía Federal en 1912 y las describe así:
“Sociología biologista, psiquiatría fantástica, estética policial, todo converge en ese cuerpo con orejas en pantalla que posa para los legajos policiales contra un fondo de nubes de cartón pintado, con traje marinero, un hilo en la mano o desnudo, las piernas separadas, exhibiendo un sexo elefantiásico”. (pág. 173)
“Miguel de Paoli posa para el gabinete fotográfico de la Policía Federal vestido con un pantalón bermuda de brin a rayas blancas y negras y una camisa oscura en cuyo borde desliza la mano a la altura del estómago imitando una postura napoleónica”. (pág. 89)
“Ana Neri, de 18 meses, a quien El Oreja en su confesión llama con familiaridad “la hija del Ñato”, es la más humilde de los fotografiados: la han dejado posar con su guardapolvo escolar, como si sus padres comprendieran que el departamento de Policía no es un lugar semejante al que el reverendo Lewis Carroll utilizaba para fotografiar a Alicia”. (pág. 95)
“Severino ahora tiene seis años y desde las galas de su traje marinero y sus botines de charol mira de frente a la cámara policial con el orgullo pueril de las víctimas.” (pág. 91)
“Vivía en un conventillo de la calle Colombres cuando descubrió a su vecino Julio Botte sentado en la puerta de su casa. Le bastó estirar el cigarrillo encendido que llevaba en la mano. Julio se metió llorando en el zaguán y avisó a su madre”. (pág. 102)
Llama la atención que en estos párrafos se destaque la postura napoleónica de De Paoli (pose fenicia), el parecido de Ana Neri con Alicia de Lewis Carroll (agente de inteligencia), el traje marinero de Severino (Pueblos del Mar), y el conocimiento previo entre los involucrados (posible complicidad), asegurando que miraban a la cámara policial con orgullo. ¿Pero desde cuándo alguien se enorgullece de un atentado contra su propia vida? Quizás haya algo oculto en las líneas de la autora, cuyo verdadero nombre es María Cristina Forero (apellido judío sefardí), nieta del fotógrafo Nicolás Forero y ex-esposa del periodista Marcelo A. Moreno, hijo del coronel Antonio F. Moreno.
En cuanto a las víctimas desconocidas y las de 1912 comenta:
“Un solo caso no pudo ser verificado. Así consta en el sumario: Manifiesta que hace seis años, en la esquina de Rivadavia y José María Moreno, tomó una niña de dos años de edad y la llevó a un terreno baldío de la calle Río de Janeiro y Flores, donde la enterró viva en una zanja”. (pág. 94)
“Una nota publicada en Clarín saca a relucir una víctima que no figura en el legajo policial: Lautaro Machia, de 4 años. Quizás la verdad de El Oreja se encuentre en el registro de sus declaraciones ante la Junta de Clasificación del Penal de Ushuaia, una vez asegurada su condena. Allí dirá que no asesinó a Laurora”. (pág. 175)
“La única foto de Reina Bonita está en el legajo 2.255 correspondiente a Cayetano Santos Godino y en su tumba del cementerio de Liniers. Cuando declaró en la morgue olvidó a la niña a quien le prendió fuego frente a la zapatería de la calle Entre Ríos y tampoco la recordó en la declaración oficial ante el doctor Oro ”. (págs. 107 y 119)
“En un alfalfar de la calle Quintino Bocayuva había sido encontrado un menor de dos años. (Roberto) Carmelo Russo, con los pies atados con una cinta y dos vueltas de piolín alrededor del cuello”. (pág. 64)
Esto significa que algunos casos no pudieron ser comprobados oficialmente, que se sabe que Godino no fue el asesino de Arturo Laurora (ya probado por el autor Leonel Contreras, pariente lejano de la víctima), que probablemente tampoco asesinó a Reina Bonita Vainikoff ya que ni siquiera la recordaba (según diario El Mundo el arrestado por ese crimen fue Carmelo Ruggiero), y que casi todos los niños fueron salvados por adultos justo a tiempo: Miguel de Paoli y Ana Neri por agentes de policía, Severino González Caló por el capataz Zacarías Caviglia y su peón Francisco Borrasa, Julio Botte por su propia madre, Roberto Carmelo Russo por el peón Esteban Poggi, Carmen Ghittoni por un vigilante y Catalina Neolener por el vecino Enrique Smith. Sobre estas últimas sobrevivientes y el crimen de Jesualdo Giordano ocurrido en la Quinta Moreno, único que por consiguiente sería atribuible a Godino, María Moreno dice:
“Carmen Gittoni con su gorro de lana tejida y rematada por dos pompones que le enmarcan la cara parece un joven bufón. Tiene los párpados inflados; seguramente ha estado haciendo pucheros antes de sentarse en esa silla vienesa del gabinete fotográfico de la Policía”. (pág. 95)
“Catalina Naulenier lleva un pajizo adornado con pequeñas rosas de organza cuya cinta se anuda en un moño enorme que le cae como un cortinado sobre el ojo derecho. El vestido estalla de lazos y valencianas”. (pág. 95)
“Dice que sí, que ha sido él quien mató a Jesualdo Giordano. Confirma su confesión ante el juez y se reconoce como autor de otros crímenes y lesiones. Los doctores Negri y Lucero deciden corroborar una secreta hipótesis y le meten la mano en la bragueta. Creen encontrarse ante una erección. Lo desnudan y se preparan para hacer una toma fotográfica. El miembro es enorme. Lo miden y se asombran. Anotan 18 centímetros; sin embargo, antes de que suene el clic de la cámara le obligan a que se lo levante con la mano derecha y lo sostenga bien alto. En la fotografía el fondo es un cielo de cartón pintado”. (pág. 70)
Antes de seguir, vuelve a mirar estas últimas imágenes y fíjate si notas algo inusual. Ya nos adelanta la autora que la niña Carmen Ghittoni parece un bufón, y el niño Jesualdo hasta donde sabemos podría estar dormido. ¿Pero qué hay de Catalina Neolener? Si te fijas bien verás que tiene extrañas hendiduras en las extremidades y una excesiva rigidez. Esa no es una niña, ¡es una muñeca! Quizás los padres no se presentaron ese día a la sesión de fotos y los policías decidieron reemplazarla en un desesperado intento por completar el álbum, pero eso es más que suficiente para hacernos dudar de todo lo demás.
Las imágenes del pequeño Jesualdo vivo junto a su madre, en su funeral y en la reconstrucción de la escena del crimen no parecen coincidentes. Además, se observa a personas pisoteando la escena y a obreros que trabajaban al otro lado del muro, lo que no se condice con el aislamiento que se supone debería haber tenido ese lugar.
“El doctor Oro da órdenes con ademán de gran modisto y opone sus coditos magistrales a esa multitud que de vez en cuando logra romper las vallas de contención del personal de investigaciones e intenta deslizar en el plano elegido por el fotógrafo una sonrisa desdentada o una mano que simula la forma de los cuernos sobre la cabeza de un distraído por las maniobras del planista. La Quinta Moreno está llena como un estadio. Bellaude saca las medidas del terreno con un hilo y un ayudante toma nota. Pascual Giordano busca colocar el cadáver de su hijo en la posición en que lo había encontrado bajo la plancha de zinc”. (pág. 49)
Por otra parte, aunque los médicos de la policía señalan que Godino tenía enormes genitales de 18 centímetros, su ficha médica de 1923 indica que en su aparato genito-urinario no había nada digno de mención. Pero no es esta discrepancia la que más debería sorprendernos, sino otra que los registros oficiales e investigadores especializados han estado omitiendo sospechosamente hasta ahora. Dado que Godino fue bautizado en la parroquia de San Cristóbal, nos hacen suponer que su familia era católica, y sin embargo en sus fotos sin ropa se observa un glande completamente expuesto y, por ende, circuncidado, evidencia de que Godino era criptojudío.
¿Será que las víctimas también lo eran? Probablemente sí. La madre de Miguel se llamaba Luisa Carbone de Larsen, y el decreto 20144 de 1957 indica que el apellido correcto del padre habría sido Depaola, vinculado además a una segunda mujer, Amalia Rosa Torneroli. A su vez, Severino González era hijo de Carmen Caló, nombre que recuerda al de la pintora y judía confesa Frida Carmen Kahlo. Aunque estos son apellidos comunes, se los puede encontrar en familias judías, al igual que el nombre Neri, muy usado en Israel.
La víctima Julio Botte era hijo de Juan Antonio y Angela Schiavo Crescienzo, este último apellido coincidente con el de las altas esferas de la camorra italiana (arriba en pose fenicia) y con el de Mariana Di Crescienzo, esposa del Subsecretario de Culto Pablo David Gomelsky, obviamente judío.
Arturo Laurora, por su parte, era hijo de Miguel y Margarita Rossi, mismo apellido del comisario a cargo de la investigación, José Gregorio Rossi González, hijastro del inmigrante de apellido judío Guillermo Kleine.
Se admite que Reina Bonita Vainikoff era de una familia judía de origen ruso y letón y que su abuelo materno murió al ser atropellado mientras corría a salvarla, algo que suena increíble hasta para la escritora de ficción Mariana Enríquez: “Lo atropelló un auto y murió. Un hecho extrañísimo dada la escasa velocidad de los vehículos en aquellos años”. Los padres de la niña, Abraham Vainikoff y Josefa Minsk, tenían otros cinco hijos: Bernardo, Samuel, Benito, María Luisa e Isaac Argentino Vainikoff, quien se convertiría en el primer distribuidor de cine soviético del país. Bernardo fue el primer presidente de la Confederación de Maestros, Samuel el dentista de Sadaic (Sociedad Argentina de Autores y Compositores), y un primo de Josefa era gerente del Palacio de las Novedades, donde se producían obras realizadas con muñecos de cera y a través de un catalejo se podían espiar escenas de descarrilamiento o de grandes incendios. Cuando se estrenó en teatro una obra sobre el Petiso Orejudo, el musicalizador fue el sobrino nieto de Reina Bonita, Sergio Vainikoff (foto 2, al piano).
Roberto Carmelo Russo, hermano del testigo Fernando Vicente e hijo de Vicente y Ángela Russo, se convertiría más tarde en tío del imitador y humorista Carlitos Russo, perteneciente a la Asociación Argentina de Actores (foto 3).
Carmen Ghittoni, que era hija de Giuseppe y Carolina Zanassi, se casó con un Zurutuza, mismo apellido del periodista Karlos Zurutuza que se especializa en informar sobre judíos en zona de guerra y del historiador Hugo Zurutuza, especialista en historia antigua.
Catalina era hija del carpintero ruso Abraham Naulenier y su esposa Berta Oberfest, por supuesto también judíos.
Y Jesualdo era hijo del sastre Pascual Giordano y su esposa Rosa Sabino, un oficio muy común para judíos en esa época y apellidos que se encuentran en listas de judíos conversos.
Estas son fotos de la detención de Cayetano, donde también fueron fotografiados sus padres Fiore Godino y Lucía Ruffo, y algunos de sus hermanos como Antonio, el mayor, y José, el menor. Sobre su estancia en el penal de Ushuaia, se dice que en 1927 el Petiso Orejudo fue sometido a una operación estética para aplanar sus orejas, que en 1933 otros presos lo golpearon por haber matado a los gatos que tenían como mascotas, y que falleció en 1944, aunque sus restos no pudieron ser encontrados tras el cierre de la prisión en 1947. Su tumba dice Gayetano en vez de Cayetano, lo que hace pensar que no fue enterrado allí y que escapó justo a tiempo, quizás ayudado por esa cirugía estética que le permitió cambiar su fisonomía por orden del gobierno.
Como dice María Moreno:
“Es tentador sugerir para El Petiso Orejudo un epitafio: Así como hubo uno que fue pintor y llegó a ser Picasso, el que aquí reposa fue criminal y llegó a ser Godino”. (pág. 176)
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Comentarios
Publicar un comentario